
En mis oídos retumban esas voces de súplica de hijos desesperados, con ojos de terror, con sollozos que piden a gritos que su madre los ayude. Voces de Rubíes, de Hugo Albertos, de Fernandos, de Silvias, de tantos conocidos y desconocidos que han implorado, cual si fueran niños, que sus madres no los abandonen, pero que a causa de la tremenda violencia, impunidad, corrupción y demás atrocidades que vive mi país, no han podido acudir a su llamado.
Personas humanas que ontológicamente son esencialmente iguales; plagiarios, victimas, implicados, a fin de cuentas de la misma especie y que olvidan la importancia de la vida. La valoran con cosas materiales, la comparan con dinero, la cuantifican cual prenda adquirible en un mercado. Un fenómeno que a pesar de los años, que a pesar de los avances científicos, tecnológicos y culturales, pareciera ir en retroceso. El ser humano defiende lo subjetivo y lo objetivo, lo trascendental, ha pasado a ser tela de juicio, ha caído en el plano del relativismo. La vida misma vale según la perspectiva que cada individuo tenga sobre ella. 
Me llena de rabia ver que madres como éstas tengan que haber padecido las muertes de sus hijos, y más me enfurece ver que ellas tengan que luchar por encontrar sus cuerpos ultrajados, por descubrir a los asesinos, luchar por comprobar que fueron ellos y pelear porque los magistrados inculpen a los evidentemente culpables.

