¿Quién es Alejandra Diener?

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*Madre y esposa *Escritora *Lic. en Economía y Mtra. en Ciencias de la Familia *Orientadora Familiar *Productora y conductora de Informando y Formando Radio y Neurona Digital Radio www.ndradio.fm www.informandoyformando.org contacto@informandoyformando.org

Bienvenida

Hola querido bloggero, gracias por entrar a este espacio que como su nombre lo dice, busca Informar y Formar a las personas que lo visiten. La idea de este proyecto es hablar con la verdad, promover valores y hacer conciencia ante la inconsciencia que pareciera vive nuestro mundo actual.

Es preciso que interactuemos para poder hacer un foro de información veraz. Te invito a que participes, si tienes propuestas que tengan el mismo propósito, serán bienvenidas puesto que si sumamos haremos la diferencia en realidad.

La familia, la educación de los hijos, el matrimonio como prioridad para que lo demás funcione de manera íntegra. La honestidad, una búsqueda de la generosidad imprescindible para poder actuar sin egoísmo, padecimiento de la humanidad que ocasiona tanta iniquidad, la moralidad esencial para la justicia imparcial. Todo esto y más son temas que busco explotar en este espacio virtual para enriquecer a sus lectores.

Asimismo, Informando y Formando quiere abrir los ojos de los cibernáutas para que no se dejen influir por la cultura de la muerte. La defensa de la vida, el respeto a la naturaleza, la importancia de la feminidad y de la complementariedad entre hombres y mujeres es preciso que se refrende para que la sociedad vuelva a encaminarse por el sendero de la ética.

Finalmente con el apoyo de videos, comunicados que se reciben de manera constante y artículos que esbozo para hacer digeribles los temas complicados, son las herramientas que constantemente podrás encontrar aquí.

Gracias por seguirme, me comprometes a hacer la diferencia.

Nos leemos pronto para no quedarnos atrás y ver hacia delante.

Alejandra Diener

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jueves, 24 de diciembre de 2009

Discurso de la presentación del libro "Vestigios. Comentarios de la Vida"



Estimados miembros del presidium, amigos, muy buenas noches. Todo comenzó hace diez años con una pregunta que lo detonó todo. Una pregunta que le tocó hacer a Enrique Castillo Pesado, una pregunta que yo no supe responder de manera adecuada. "Sí escribo bien" era lo único que debía contestar, sin embargo titubeé, y mi mamá fue quien salió al rescate.

Vestigios son recuerdos que desde mis inicios en el periódico El Universal fui recolectando, sin saber que hoy estaría presentando la recopilación de los mejores en mi primer libro. Simplemente es un sueño hecho realidad que la vida me permite hoy disfrutar.

Que no soy famosa, es cierto. Que no soy reconocida por ser columnista, periodista, y demás calificativos, pues también es verdad, pero ¿Quién dijo que tenía uno que tener esos requisitos para poder compartir buenos sentimientos?¿Para poder transmitir experiencias positivas que dejen un mensaje en la gente? Nadie. Y eso hoy, esta noche lo estoy demostrando.

Experiencias personales, basadas en mis principios y valores que desde pequeña mis padres me inculcaron, son tan solo el común denominador de mi primera obra literaria.

Todo el mundo tenemos algo que decir, todo el mundo tiene algo que compartir, simplemente hay que disponerse a hacerlo y proponerse difundirlo para intentar hacer la diferencia.

Hoy soy mejor que ayer lo sé, y también sé que me tropezaré y que decepcionaré, pero eso es porque soy perfectible y porque tengo debilidades, y también sé que este libro rompe con lo convencional, que no es común que una persona que no es reconocida por ser escritora, compile sus artículos como Ópera Prima y decida sacarlo a la venta. Aún así lo hago porque sé que voy a ayudar a un sector marginado de nuestro país que son los indígenas y que a pesar de que se diga que se hace mucho por ellos, los números no arrojan resultados alentadores. Más de un cuarto de la población mexicana vive en pobreza extrema y más de la mitad de los mexicanos es pobre.

¿A dónde vamos a llegar así? México no avanzará y seguirá estancado mientras este problema no se ataque verazmente y mientras nosotros que tenemos las posibilidades no intentemos hacer la diferencia. Porque vivimos en un mundo en el que nadie se preocupa por nadie, en el que los valores ya no existen, en el que las familias se acaban, en el que los niños estorban, en el que los matrimonios no duran, en el que la infidelidad no se ve mal, en el que si no hay morbo en lo que se hace, no vende. Un mundo que es increíble, pero que vive ciclos, y esos ciclos son buenos y son malos. Y hoy me atrevo a decir que estamos en un mal momento, pero que seguramente mejorará.

A veces pareciera que en nuestras vidas nada tiene sentido, y que nuestra presencia en este mundo no tiene relevancia. A veces nos cuestionamos la verdadera razón por la que nos encontramos aquí. ¡Pero estamos! Y eso es suficiente para sabernos importantes y necesarios para la vida.

“Vestigios. Comentarios de la Vida” son recuerdos que descubrí debía de compartir, porque a pesar de que no soy reconocida por escribir, sin importarme los desalientos y trabas que tuve que pasar, sabía y sé que por más pequeños que nos sintamos en el universo, nunca olvidaré que cualquier cosa que hagamos siempre hará eco en la eternidad.

Muchas gracias por acompañarme esta noche, gracias a todos los miembros del presidium; Enrique mi maestro en periodismo quien me dio alas para volar,Pepillo amigo entrañable de mi familia, tu presencia me da credibilidad, Alma Saint Martin amiga incondicional que con su talento ha sabido compartir un pedacito de lo que les quiero comunicar, Gonzalo Araico por creer en mi don y dejarme editar mis sueños, a la Fundación Mazahua por recordarme que mi misión en esta vida es ayudar a los demás y a Paco Trejo mi maestro por excelencia en conducción de radio. Y muchas gracias a todos los que se unieron a la causa: A La Fundación Miguel Alemán por prestar este recinto histórico, a Parque Reforma por su apoyo, a Concepción Cusi por sus arreglos navideños, a la Familia Pavía por compartirnos su Ostería del BECCO, a Luis Losada por sus deliciosos vinos, a Daniel Trejo por su creatividad. Y muy en especial al Maestro Efrén Rojas Dávila Secretario de Desarrollo Social del Gobierno del Estado de México y al Lic. Apolinar Escobedo Ildefonso, Vocal Ejecutivo del Consejo Estatal para el Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas del Estado de México, por venir a apoyar este gran proyecto en representación del Lic. Enrique Peña Nieto. Y a ustedes por acompañarme esta noche tan especial y darme su invaluable apoyo.

Muchas gracias.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El Monstruo de la Comodidad

¿Que son los valores? Valores que todo el mundo menciona pero que a su vez dicen que ya no están de moda. Es más, ya ni existen. Hoy en día, los valores humanos en general, ya no son parte de la vida cotidiana de las personas a nivel mundial. ¿En realidad no existen? ¿Cómo es que desaparecieron? Los valores son intangibles, como el mismo amor, la amistad, el cariño, el enojo, la fe; son sentimientos que sabemos están, pero no podemos tocar. ¿Qué habrá entonces sucedido con los comentados valores que todo el mundo dice que desaparecieron? Imagino que hay un monstruo que llegó con mil cabezas y decidió irse devorando uno por uno hasta que después de varios años, éstos desaparecieran. Dicho monstruo bien podría llamarse el Abominable Monstruo de la Comodidad. Así es, un monstruo que prefiere todo fácil, sin esfuerzo, a la carta, es decir, según lo que le convenga. Entonces hambriento de esa ansiedad por comer todo lo que implique voluntad, sacrificio y demás, decidió irse comiendo todos los valores. De primer plato devoró el suculento y famosísimo platillo de la familia, el principal de todos los manjares, de todos es el que mayor renuncia implica, y para la comodidad es imprescindible terminar con dicho valor. Puesto que al vivir en familia es necesario acatarse a las normas, respetar a los miembros de la misma, atenerse al sueldo del marido, serle fiel al cónyuge, educar a los hijos y dejar de hacer muchas cosas con tal de que ellos tengan lo mejor de lo mejor y ¿para qué le sigo? Se me van a indigestar y a penas vamos en la entrada. Terminando con éste, decidió que continuaría con el plato fuerte, y sin titubear eligió el de la moralidad. Éste posiblemente le causó mucha cargazón, porque es el más condimentado y complicado en su preparación, y hoy por hoy, pareciera que los chefs ya no lo cocinan por la dificultad que representa su elaboración. Moralidad que no necesariamente quiere decir aburrimiento, sino control sobre la vida misma. Moralidad que se antoja necesaria en una sociedad para su estabilidad, y sobre todo para conseguir que el primer platillo sepa aún mejor. Con la moralidad somos capaces de recibir la vitamina de la honestidad, de la lealtad y sobre todo de la justicia y equidad. Finalmente, después de haber elegido el plato principal, no se quedó satisfecho por lo que de guarnición, no se pudo contener y éste decidió servirse dos veces para devorarse a la ecuanimidad, y a la prudencia, las dos en su conjunto con un bolillo de relativismo. Relativismo que describe a la humanidad de nuestros tiempos, puesto que cada quien tiene su propia verdad, es decir, todo es relativo, por lo que no es necesario que la justicia nos muestre lo que realmente es esa verdad, y menos aún, la prudencia es irrelevante al decidir sobre algún hecho trascendental. El Abominable Monstruo de la Comodidad con todas sus cabezas, devoraba y devoraba con ansiedad todos estos platillos que poco a poco se fue terminando, todo con la firme intención de quitar de su vida lo que implicara hacer sacrificio. Todo con la idea de poder pensar solo en él, y olvidarse de lo demás, de los demás. Con el gran propósito de satisfacerse y de estar por supuesto cómodamente en la vida que le depara mientras nadie lo detenga y le comience a cortar las cabezas. Cabezas que a su vez controlan mafias que felizmente aplauden el devoramiento de este espécimen, puesto que al desaparecer todos estos valores, que come con singular alegría, sin que nadie se percate, irá controlando todo lo de su derredor. A todo el mundo parece encantarle la idea de que la “comodidad” es lo que el ser humano en realidad debe disfrutar, sin pensar que la humanidad al vivir en la exageración y separar al cuerpo de su mente, se reduce a lo más pequeño de su esencia. ¡Finalmente el postre llegó! No crean que aquí terminó, no satisfecho pidió un helado con pastel. Helado de caridad y pastel de congruencia bañado en salsa de responsabilidad. Caridad que es una virtud imprescindible en un mundo en donde la mala distribución del ingreso es el pan nuestro de cada día. Congruencia que nadie predica, se piensa y se hacen cosas totalmente distintas, y responsabilidad que permite a los hombres responder con habilidad ante las adversidades de la vida. Para cerrar con broche de oro, se pidió un café expresso doble cortado con leche de virtudes, ya que sin ellas la voluntad de la humanidad se merma y con mayor razón logrará este horrible monstruo hacer lo que le plazca, en el momento que le nazca. Al comer todo lo anterior, que merece la pena recordar, no lo hizo de un momento a otro, sino que más bien lo ha ido haciendo a través de los años, ya que es mucho que devorar. Con lo anterior logrará que el ser humano no sea virtuoso lo que lo hará prisionero de lo demás en lugar de poder ser líder de sí mismo. Ciertamente, la indigestión ha sido inaguantable, lo que de un momento a otro lo ha hecho vomitar. Ha vomitado hedonismo, concupiscencia, injusticia, consumismo, extorsionismo, irascibilidad, vicios, y nos regresó ese bolillo de relativismo, morbo y todas las exageraciones que hacen del ser humano un simple objeto que finalmente a quien benefician son simplemente a este monstruo de mil cabezas ya que lo enriquecen, domina y subleva a la humanidad, y finalmente a éste es a quien la comodidad es al que le conviene. Mientras tanto nosotros, seguiremos comprando y luego existiendo, viviendo en un mundo de banalidades que nos ciegan de lo verdaderamente importante y relevante. Provocando que olvidemos lo que al final trasciende con nuestra desaparición física, que en realidad es lo bueno que hacemos, el legado que dejemos y la forma enaltecida en que decidamos vivir. Ese Monstruo de la Comodidad, es más que una idea de mi imaginación, es una realidad que me dije debía de describir para poder trasmitir lo que vivimos actualmente y que nadie parece notar. Los valores no han desaparecido, somos nosotros los que los hemos guardado en el estómago de ese devorador, con el firme propósito de evitar cualquier tipo de sacrificio. Somos nosotros quienes hemos decidido hacerlos a un lado, olvidando que los primeros perjudicados somos nosotros, pero creemos que estamos liberándonos cuando en realidad estamos siendo víctimas del Monstruo de la Comodidad.

Nos leemos pronto para no quedarnos atrás y ver hacia delante.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Manos hacia el Cielo


Por Marion Fernández Cueto

Hay una línea en las Escrituras que siempre me irritó: Timoteo 2:15, y durante años no pude leerla sin desear lanzar mi Biblia contra la pared. “Con todo, la mujer”, escribe San Pablo, “se salvará por su maternidad mientras persevere con modestia en la fe, en la caridad y en la santidad." Su misoginia bautizada era lo suficientemente insultante (qué típico es disponer la salvación de la mujer dentro de su límite social de descalza y embarazada servidumbre), sin embargo debajo de eso acechaba un daño aún más devastador: la idea de que la santidad de la mujer estaba amarrada a la maternidad. Esto solo significaba una condena para mí, pensé, porque la faena del parto era lo último a lo que yo aspiraba.

Entonces me enamoré de un hombre que deseaba tener hijos, en la misma forma en que mis antiguos amigos habían soñado con televisores de plasma. Mientras él me cortejaba y me seguía, comprendí que no era la maternidad per se, lo que por tanto tiempo había temido y de lo que me había burlado; era la muerte absoluta de mí misma vinculada a la maternidad. Mi individualismo y mi egoísmo estaban vivos y muy bien, fomentados por casi una década de independencia, durante la cual mi tiempo, decisiones, dinero, planes y mi cuerpo habían permanecido únicamente míos propios. La idea del matrimonio me entusiasmaba (no era ningún sacrificio amar a Andrés), pero los niños no me brindaban una natural tentación hacia la auto-oblación. Como la tibia súplica de castidad de San Agustín, yo no quería que mi egoísmo fuese castigado del todo, todavía.

Pero San Juan escribe que el amor perfecto aleja al miedo y esto es cierto aún en amores imperfectos como el nuestro: Un año después de nuestra boda nos encontramos rogando que yo pudiera quedar embarazada. Dos días después me embaracé. Si digo que salté de gusto sería mentira -nunca esperé que la respuesta nos llegara por entrega inmediata de un día para otro. Pero estábamos admirados ante esta nueva vida que Dios y nuestra unión habían forjado.

Mi embarazo progresó con una feliz calidez: me puse gorda y contenta como un gato romano, sin molestias de nauseas al levantarme. Hice las compras y la limpieza, cociné y congelé alimentos, pedí libros sobre paternidad y entrevisté doulas en un dichoso torbellino de organización. Me encontré soñando con escenas domésticas tanto tiempo despreciadas, una maraña de alegres hermanos para nuestro hijo y una cocina fragante de comida caliente y bromas cariñosas. Finalmente, pensé, estaba lista para convertirme en madre.

Entonces nació Dominic. Aún recuerdo mi sentimiento de incredulidad cuando una enfermera nocturna me despertó por primera vez para alimentarlo, cuando me parecía que tan solo unos minutos antes había tenido un trabajo de parto agotador. Miré el reloj - 2:20 a.m. - y luego a mi lloriqueante y arrugadito bebé, y supe, como Napoleón en Waterloo, que el fin había llegado -- el fin de mi vida como yo la conocía y como a mí me gustaba. Este niño, esta responsabilidad, eran míos por el resto de mi vida.

Sentí una gran ola de resentimiento de que Dios me haya permitido dar la bienvenida a un embarazo al mismo tiempo que me proporcionaba apenas un jirón de vago instinto maternal después del parto. Sabía que mis hormonas atacaban a ciegas, pero me sentí cegada y traicionada. ¿Dónde estaba la gracia que me había inundado durante los nueve meses previos? En ese momento yo no deseaba más que retroceder el tiempo hasta esa noche de septiembre en la que por vez primera rogamos a Dios por un bebé, y posponer nuestra oración otros dos años. Yo quería devolverle mi hijo a la enfermera y replicarle, “Amamántalo tu.” Yo ya soy una madre miserable, pensé. Pobre, inocente, malaventurado Dominic.

En alguna parte yo había asumido que si solamente hubiese suplicado con suficiente fuerza para obtener la gracia cuando acepté el embarazo, junto con mi hijo habría nacido una buena madre. Había olvidado esa carta elemental en la teología Católica: que la gracia se construye de la propia naturaleza. Las oraciones no son fórmulas mágicas y ninguna iba a transformar instantáneamente mi hábito de egoísmo fomentado durante tanto tiempo, en un entusiasta espíritu de autosacrificio. En lugar de eso, durante las semanas y los meses subsecuentes, un Salvador amoroso me pediría tomar mi cruz y aprender a seguirlo. Al obedecer, descubriría que Dios rara vez llama a los bien equipados. Si pidiésemos cooperar en nuestra propia salvación es solo porque El da lo necesario a aquellos a quienes llama.

Mientras tanto, Dominic no sabía que era pobre y malaventurado. Era un bebé casi perfecto en todos sentidos, de límpidos y azules ojos, traviesas y rosadas sonrisas. Yo lo abrazaba y lo bañaba, le hacía cosquillas y le cantaba, y presumía sin pena cualquiera de sus nuevas hazañas. Cuando dormía su siesta en nuestra cama sonrojado por un dulce sueño, me acostaba junto a él y murmuraba mi amor infinito en sus rubios y húmedos rizos. A pesar de todo esto, me rebelaba. Una voz en mi cabeza hacía eco al viejo grito de Lucifer: non serviam -- Yo no serviré. “Eres demasiado buena para esto,” decía la voz. “Fuiste hecha para cosas mejores -- no para el tedio sin fin de pañales, trastes y ropa sucia que entume la mente. ¿Dónde están el glamour, el estímulo intelectual, las oportunidades y ascensos que todavía te mereces? ¿Es realmente esto lo que Dios quería para ti?”

La voz reaparecía cada mañana mientras observaba al ejército de abogados y pasantes paseándose por la Calle 16 con sus vasos de café y sus portafolios, y sus carreras. Cada joven mujer inteligentemente vestida, con el lujo de poder conversar en su celular o iPod, representaba una vida que yo ya no podía tener, oportunidades y experiencias que nunca serían las mías. “¿Ya lo ves?” la voz me punzaba. “¿Ya lo ves?”

Claro que cada resbalón hacia la autocompasión desencadenaba una mayor avalancha de culpa. A todo lo ancho del mundo las mujeres estaban luchando contra la infertilidad, los abortos espontáneos, la muerte de un hijo, o los recién nacidos con enfermedades crueles y debilitantes. Miles de nuevas madres nunca tendrían el lujo de poder escoger entre volver o no al trabajo. Muchas más carecían de un esposo sensible que las cuidara, o de cualquier alma caritativa que las apoyara durante los trastornados primeros meses. Yo me odiaba absolutamente a mi misma por irritarme bajo la ligera carga que Dominic representaba; sabía en el fondo lo afortunada que era, cuán ridículo era mi burgués malestar -- entonces mi autorenuencia se acumulaba. Alcancé mi punto de quebranto una tarde mientras caminaba con Dominic frente a la Catedral de San Mateo. Un vagabundo parado en la esquina dio un largo vistazo a mi carreola y a su durmiente carga e inexplicablemente sacó un condón de su bolsillo. “Si hubieras utilizado uno de estos,” dijo socarronamente, “no lo hubieras tenido.”

Conmovida, supe que aquel hombre había articulado el mismísimo pensamiento que había surgido como demoníaco espectro durante más de una de mis noches sin sueño. Ese condón representaba cada tentación experimentada en mi lucha por abrirme a la vida, cada alternativa prohibida que pude haber tomado al tiempo que luchaba por recibir con regocijo, primero el embarazo y después a Dominic.

Enferma de vergüenza, busqué a un sacerdote para confesarme. Con el suave pero exacto sondeo de un experimentado confesor, me pidió nombrar lo que yo preferiría estar haciendo. “Anda, imagínalo,” me rogó. “Digamos que puedes dejar a tu familia y a tus responsabilidades. ¿Que es lo que quieres?”

Mis respuestas las tenía penosamente listas. “Quiero ver el resto del mundo,” le dije. “Quiero ser el corresponsal extranjero para lo cual me preparé. Quiero tomar mi café mañanero en silencio, leer el periódico sin interrupciones. Quiero dormir hasta el medio día los sábados -- o al menos durante toda la noche. Quiero mi tiempo, mi espacio, mi horario, mis planes, mi paz, mi tranquilidad… me quiero a mi misma de regreso otra vez. Solo quiero ser yo misma de nuevo.”

El sacerdote clavó su mirada sobre mí, sus ojos bañados de compasión. “Todos queremos eso,” dijo suavemente. “Pero sirviéndonos, viviendo para nosotros mismos… ¿qué nos dice el Evangelio sobre eso? ‘Aquel que busque salvar su vida, la perderá.’ ‘A menos que el grano de trigo caiga en la tierra…’ Sabemos que no podemos encontrar la felicidad de ese modo.”

“Póngame a prueba,” secretamente pensé.

No mucho tiempo después, Dios se encargó de mí en mi reto silencioso: Cuando una vieja amiga de la universidad vino de Francia se me dio la oportunidad de ver, al estilo de George Bailey (personaje interpretado por James Stuart en una película navideña de 1946), cómo hubiera sido mi vida sin Dominic.

Veronique -- guapa, soltera y pintora políglota -- estaba viviendo la misma fantasía que yo traté de articular a mi confesor. Ella volaba alrededor del mundo aparentemente sin responsabilidad alguna entre su siguiente capricho y la realidad. Su familia estaba distante; sus trabajos al igual que sus intereses románticos, eran esporádicos y provisionales; todos ellos impotentes ante la tentación de nuevos riesgos y continentes. Yo estaba impaciente por escuchar sus historias, por empaparme del resplandeciente esplendor de su vida. Al invitarla una tarde a tomar el té, me fortalecí por el destello de piedad que varias veces vislumbré en sus ojos gracias a mi cada vez más predecible y gris existencia (esposo, hijo, hipoteca, minivan.)

Eso nunca le llegó. Veronique se sentía desdichada, y lo era desesperadamente. Acercándose a los 30 años igual que yo, su recia independencia, su volubilidad emocional y su consumada impulsividad la estaban infectando. Odiaba su cara escuela de arte. Sus correos electrónicos, deslumbrantes descripciones de sus viajes reenviados a listas masivas de amigos no estaban siendo reconocidos. El puñado de hombres en su vida llegaba y luego desaparecía con una precipitada autonomía perturbadoramente familiar. Estaba cansada de estar sin dinero, de depender de la gente convencionalmente más estable que ella para viajes en auto, para llamadas telefónicas y para comidas. Aún así los puestos y trabajos prometedores la estaban pasando por alto por estudiantes recién graduados más jóvenes que mucho tiempo atrás tenían pagadas sus cuotas en forzados trabajos de 9 a 5.

Veronique parecía embrujada por el revuelo de darse cuenta que los años de autodirección, autodescubrimiento y autosatisfacción (todo tan envidiosamente anhelado por mi) le habían traído no el Nirvana, sino solo a sí misma - cosa que estaba comenzando a encontrar intolerable. Mientras ella me observaba limpiando el puré de manzana de la barbilla de Dominic, ayudándolo a bajarse de la silla alta y comenzando la preparación de aún otra comida, sus ojos reflejaban no pena sino un crudo y desnudo anhelo. Y sus siguientes palabras me sorprendieron aún más: “Desearía tener a alguien para amar y para darme de esa manera,” dijo. “A veces tengo miedo que mi corazón va a marchitarse.”

Yo esperaba sentir alivio ante la pena de Veronique -- después de todo, lo que ella admitió equivalía a las grietas en la cimentación de un estilo de vida que yo había codiciado casi con idolatría. Pero en cambio solo sentí sorpresa y el creciente fenómeno de que la maternidad -- esa vocación que yo usaba como cilicio -- me había evitado la tiranía, la terrible pobreza de mi voluntad irreprimida. Mientras vislumbraba la desolación en la vida de Veronique, comprendí que yo nunca podría haber aguantado la maldición por tanto tiempo ansiada -- aquella de ganarme el mundo entero solo para perder mi alma. En Su misericordia que todo lo ve, Dios había eliminado de mi la opción del autoservicio exclusivo cuando dí a luz a Dominic. Como esposa y madre mi corazón podría sangrar, pero sabía que nunca se marchitaría pleno como estaba con los gajes del oficio de placer y terror, pena y compasión. Cuando Veronique se marchó, apreté a mi hijo contra mi pecho y lloré con gratitud.

Henry Ward Beecher alguna vez escribió que los niños son las manos por las que asimos el cielo. Al principio inscribí esa cita en el libro del bebé de Dominic, pero es solo ahora, casi cuatro años y una bebita después, que puedo ver que simplemente es una versión más apetecible de Timoteo 2:15. A través de Veronique caí en la cuenta de que lo que yo alguna vez llamé “cielo” -- todo esto vino por lo que yo misma obstinadamente escogí -- era la quintaesencia del infierno mismo. Solamente los niños podrían apartar la piedra de la tumba propia en la que yo yacía, y ofrecer un renacimiento a mi alma.

Aunque yo sobretodo luche y me tambalee en mi vocación de madre, lo hago así con gozo sabiendo que Dios me sostendrá a través del proceso si solo persevero con fe, amor y santidad. Esta mujer, al menos, será salvada por la maternidad.


Marion Fernández-Cueto es madre, periodista independiente y Católica conversa.

Vive en Houston con su esposo Andrés y sus dos hijos.