
“Mami acompáñame”, “Mami tu dile”, “Mamá, ayúdame”, “Ma ¿cómo le hago?” “Mamá me da miedo”, “Mamá, no me dejes solo” – frases, peticiones, menciones, ruegos, dudas, súplicas que cualquier madre ha oído de sus hijos, que cualquier mamá ha respondido, aún sin necesidad de escucharlas, porque una madre lo hace de manera automática, de manera natural, por amor oblativo.
Frases que en primera instancia parecieran exclusivas de niños, sin embargo son súplicas de hijos de cualquier edad, expresadas de distintas formas, pero que se hacen siempre para con las madres. Los hijos tenemos una inminente simbiosis con nuestra mamá desde el momento de nuestra fecundación. Una unión innegable, irrefutable, que solamente la desgracia puede romper. Solamente la voluntad y la inteligencia humanas son las que logran desgarrar ese eslabón maravilloso, simbiótico y empapado de amor.
En mis oídos retumban esas voces de súplica de hijos desesperados, con ojos de terror, con sollozos que piden a gritos que su madre los ayude. Voces de Rubíes, de Hugo Albertos, de Fernandos, de Silvias, de tantos conocidos y desconocidos que han implorado, cual si fueran niños, que sus madres no los abandonen, pero que a causa de la tremenda violencia, impunidad, corrupción y demás atrocidades que vive mi país, no han podido acudir a su llamado.
Personas humanas que ontológicamente son esencialmente iguales; plagiarios, victimas, implicados, a fin de cuentas de la misma especie y que olvidan la importancia de la vida. La valoran con cosas materiales, la comparan con dinero, la cuantifican cual prenda adquirible en un mercado. Un fenómeno que a pesar de los años, que a pesar de los avances científicos, tecnológicos y culturales, pareciera ir en retroceso. El ser humano defiende lo subjetivo y lo objetivo, lo trascendental, ha pasado a ser tela de juicio, ha caído en el plano del relativismo. La vida misma vale según la perspectiva que cada individuo tenga sobre ella.
Los acontecimientos lamentables que la sociedad mexicana hemos tenido que presenciar, que vivir y padecer, los casos de secuestros y de asesinatos que a diario vemos en todos los medios, son sucesos tristes, aberrantes, repulsivos que desencajan cualquier rostro, que arrancan lágrimas hasta del más duro de corazón. Pero a parte de ello, ver que dichos hechos no se resuelven y que cuando concluyen, por lo general terminan con desenlaces trágicos, desesperan hasta al más paciente.
La impotencia, es aún más fuerte y se torna en coraje cuando vemos que una madre es quien una vez más responde al grito silencioso y desesperado de su hijo, al saber que nadie lo ayuda, que su vida es arrancada en plenitud a causa de la mezquindad, de la avaricia, de la ira, del resentimiento social, de la frialdad del mundo que lo vio nacer, una vida arrebatada de los brazos de la madre que lo recibió en su seno desde el minuto de su alumbramiento.
Isabel Wallace, Marisela Escobedo y más mamás anónimas que claman justicia, puesto que quien supuestamente la tiene que procurar no la brinda. Madres que hasta sus últimas fuerzas quieren que se cumpla la ley. Se desgastan, se acaban emocionalmente, se enfrentan a los verdugos de sus criaturas, se carean con quienes dicen haber quemado, descuartizado a sus hijos, y enteras, fuertes cual robles, aguantan semejantes atrocidades, porque nuestra justicia ¡NO HACE NADA! Porque quienes trabajan para nosotros sólo se enriquecen, se empoderan y se burlan en nuestras caras.

Me llena de rabia ver que madres como éstas tengan que haber padecido las muertes de sus hijos, y más me enfurece ver que ellas tengan que luchar por encontrar sus cuerpos ultrajados, por descubrir a los asesinos, luchar por comprobar que fueron ellos y pelear porque los magistrados inculpen a los evidentemente culpables.
Esto es lo que realmente demuestra la dimensión de la justicia del país ellas representa las aristas en las que las ley esta carcomida por la corrupción
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