¿Por qué es que hay más divorcios hoy en día? ¿Por qué es que hay menos matrimonios que perduran? ¿Por qué es que hay escasez de personas que quieren casarse? ¿Es que acaso vivimos una época nueva en la que ya nadie cree en nadie, en la que es “mejor solo, que mal acompañado”? ¡Nada de esto!
Lo que sucede es que se ha dado un nuevo factor que antaño se combatía con voluntad y ahora irónicamente se le invita a cohabitar, ocasionando que los matrimonios se terminen. Dicho elemento es intangible, invisible, intocable, no obstante totalmente existente y poderoso. Acaba con las virtudes del compromiso, la entrega, la paciencia, el sacrificio y el amor oblativo. Este es el egoísmo, innato en nuestro ser, hace a la persona humana tener un amor desordenado de sí misma y olvidar la verdadera naturaleza del matrimonio.
Antiguamente el egoísmo era bien conocido al igual que hoy en día, la diferencia es que hace tiempo, el egoísmo era mal visto, ahora es algo cotidiano. Mientras uno esté bien no importan los demás, nos hemos vuelto una sociedad pragmática, hedonista y totalmente utilitarista lo que otorga valor a la persona por lo que tiene y no por lo que es. Dura realidad, cierta indudablemente, pero a pesar de que una vez analizada se entiende dañina, tan silenciosa se ha vuelto la serpiente del egoísmo que hasta una forma de vida se ha convertido. Ya lo decía Carlos Orozco (Dir. Henkel Mex.) que “el ego es como la velocidad: agrava cualquier accidente”.
Si un matrimonio comienza su día pensando solamente en el bienestar personal, organizándose para sí, tomando como lema “que cada quien se rasque con sus propias uñas” porque “yo soy el que mantengo económicamente el hogar” o porque “yo soy la que mantengo en orden nuestra casa”, es entonces donde se hace evidente el egoísmo, intruso vitalicio de la humanidad.
El egoísmo nos hace sufrir, nos separa de quien elegimos para formar un matrimonio, nos ciega y olvidamos la razón por la cual nos casamos y abandonamos la misión. Es decir, en el momento que el egoísmo sale del plano instintivo y lo consentimos, perdemos toda perspectiva de entrega incondicional al matrimonio.
Vamos y venimos cada quien por su lado, permitiendo que de esta serpiente de mil cabezas surjan más vicios, es decir, hábitos malos. Ya lo dice Alejandro Ortega Trillo en “Vicios y Virtudes”: Los vicios, como las ramas bastardas de un árbol, sustraen la savia del alma, secan el corazón, plagan los mejores frutos y las aspiraciones más nobles. Así que ya lo saben, no le den pie al egoísmo a que entre en sus vidas, entréguense desde el día uno y no dejen de renovarse para que nunca olviden que son una sola carne.
Nos leemos pronto para no quedarnos atrás y ver hacia delante.

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